Paisaje

Lugares de la literatura

“Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

Cuando vamos conduciendo, es mejor disfrutar del viaje. Ya hablamos hace unos cuantos artículos de que viajar no es sólo ir del punto A al B, sino que, además, podemos apreciar el paisaje que vemos a través de la ventanilla, en vez de estar tan sólo ensimismados en ir más y más rápido para alcanzar nuestro destino. Entre el inicio y el punto al que pretendemos llegar hay todo un recorrido que podemos contemplar y disfrutar.

Sin embargo, aún podemos alejarnos más o ir más lejos y rápido a través de otro medio y es que algunos libros o autores nos llevan y cuentan el paisaje y la geografía de sus obras de una forma que nos transportan a esos otros lugares. Esta semana se celebra el Día del Libro y puede ser un buen momento para encontrar esos textos que nos hicieron alcanzar estos sitios tan sólo sentados en nuestro sillón o en el vagón del tren.

Hace unos días, además, murió García Márquez y por ello queremos rendir nuestro pequeño homenaje al Nobel colombiano que hizo en gran parte esto, transportarnos a unos lugares llenos de color y olores tan sólo pasando páginas.

Con él hemos podido recorrer Macondo, nombre que le dio en su ficción a su Aracataca natal. Sudamos con el sofocante calor de la selva y abrimos caminos a machetazos hasta llegar al lugar donde se plantaron las veinte casas de barro y cañabrava. Paseamos por las costas del Caribe junto a los Buendía o trajimos canarios, desde Canarias al pueblo (dos veces), que trinaban de una manera ensordecedora (aunque sólo la primera vez).

“Al anochecer, cuando llegaron a la frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión del viento que soplaba de los Pirineos.”

En uno de sus cuentos vimos como una rosa fue la culpable de que Nena Daconte recorriera la distancia que separa Madrid de París y como cambiaban los paisajes, aldeas y pueblos, marcando todo el camino nevado que conducía su marido, con un rastro de sangre.

“Antes de Bayona volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante.”

La fuerza de la nieve que hacía que ni los guardias civiles de la frontera salieran a su paso o las normas del “primer mundo” de París, que no dejó al pobre de Billy entrar al hospital, frente a las costumbres tan atrasadas de los países Latinoamericanos.

“Navegaban muy despacio por un río sin orillas que se dispersaba entre playones áridos hasta el horizonte. Fermina Daza tuvo la impresión de que era un delta poblado de islas de arena.

– Es lo poco que nos va quedando del río –le dijo el capitán.

Florentino Ariza, en efecto, estaba sorprendido de los cambios. El capitán Samaritano les explicó cómo la deforestación irracional había acabado con el río en cincuenta años. Fermina Daza no vería los animales de sus sueños: los cazadores de pieles de las tenerías de Nueva Orleans habían exterminado los caimanes que se hacían los muertos con las fauces abiertas durante horas y horas en los barrancos de la orilla para sorprender a las mariposas, los loros con sus algarabías y los micos con sus gritos de locos se habían ido muriendo a medida que se les acababan las frondas, los manatíes que amamantaban a sus crías y lloraban con voces de mujer desolada en los playones eran una especie extinguida por las balas blindadas de los cazadores de placer.”

En “El amor en los tiempos del cólera” vimos y navegamos por un río agonizante por la deforestación donde los animales que antes plagaban las orillas han desaparecido. Un río que atraviesa, de nuevo, la selva y cuya población que atendía los laterales ha sucumbido al cólera. Un río que es atravesado por barcos que suben banderas amarillas cuando sufren algún caso de este virus, dejando a pueblos incomunicados durante semanas.

Continuemos recorriendo el mundo con otros escritores. En este caso subamos a Norteamérica y hablemos de Thoreau y su obra “Walden”, en la que el autor narra su estancia en una cabaña cercana a un lago, el Walden de Massachusetts.

“Vivía solo en los bosques, a una milla de distancia de cualquier vecino, en una casa que yo mismo había construido, a orillas de la laguna de Walden en Concord (Massachusetts), y me ganaba la vida únicamente con el trabajo de mis manos”

En esta cabaña pasa dos años, dos meses y dos días solo, para reencontrarse con el mundo natural y alejarse del industrial en el que ha vivido hasta entonces.

“Mi casa se halla en la falda de una colina, contigua al borde del gran bosque, en medio de un soto de pinoteas y nogales americanos, y a media docena de varas de la laguna, a la que conduce, colina abajo, un estrecho sendero.

Mientras me siento en la ventana esta tarde estival, los gavilanes giran alrededor de mi descampado; la velocidad de las palomas salvajes volando de a dos o de a tres frente a mí, o paseándose inquietas sobre las ramas del pino blanco que está detrás de mi casa, confiere su voz al aire; un halcón marino se sumerge en la brillante superficie del lago y saca un pez; un visón se desliza ante mi puerta y se apodera de una nana junto a la costa; el junco está inclinándose bajo el peso de los pajaritos que revolotean de aquí para allá; y durante la última media hora, he oído el traqueteo del tren, muriendo por momentos para dejarse oír de nuevo, al igual que el redoble de la perdiz, llevando viajeros de Boston hacia el campo.”

Finalmente, acabemos en España con un escritor catalán, Juan Goytisolo, quien en su “Campos de Nijar” nos adentra en una de las comarcas más deprimidas del estado en el momento en que escribió la obra, en Almería. En el libro hace un repaso por sus tres días de viaje por esta región, bastantes subdesarrollada, en la cual habla que “si tuviera que caracterizar el Sur en tres palabras citaría seguramente a las barberías, junto a los niños y a las moscas”.

En este caso se ha evolucionado mucho y la situación es muy diferente a como lo era cuando Goytisolo escribió el libro (algo similar a lo que podemos ver entre Las Hurdes del documental de Buñuel y lo que es hoy en día). Sin embargo, como en los otros casos, podemos recorrer estas regiones y “ver” cómo eran cuando se escribió o como lo imaginó el autor con tan sólo pasar páginas.

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