Sociedad

La enseñanza de la geografía (Conversaciones entre Ferrer i Guàrdia y Elisse Reclus)

Al mismo tiempo que se instauraba, en Madrid, la Institución Libre de Enseñanza, fundada por el catedrático Francisco Giner de los Ríos y otros pedagogos; en Barcelona, surgía la Escuela Moderna, bajo la coordinación de Francesc Ferrer i Guàrdia.

Figura 1. Francesc Ferrer i Guardia, fundador de la Escuela Moderna.

Francesc Ferrer i Guardia

Fuente: FUNDACIÓ FERRER I GUARDIA

La escuela moderna tenía sus bases en la enseñanza científica, racionalista y libertaria. Defendía una pedagogía laica, mixta, higienista, sin exámenes, premios ni castigos.

Una de las enseñanzas clave en la Escuela Moderna era la geografía, pero no una geografía teórica y descriptiva sino una geografía basada en la observación, las excursiones y en la que el niño estuviera en relación directa con la naturaleza.

Ferrer i Guàrdia publicó un artículo en el número 6 del Boletín de la Escuela Moderna, bajo el título de “La enseñanza de la geografía”, opinando de cómo debían ser las clases de geografía en la Escuela Moderna, el cual copiamos literalmente, pues merece la pena que sea difundido por la red:

Figura 2. Boletín de la Escuela Moderna.

Boletín de la Escuela Moderna

Fuente: http://www.lamarea.com/wp-content/uploads/2013/10/Escuela_Moderna.jpg

“Toda la historia de la ciencia moderna, comparada con la escolástica de la Edad Media, puede resumirse en una palabra: la vuelta a la naturaleza. Para aprender, tratemos antes de comprender. En vez de raciocinar sobre lo inconcebible, comencemos por ver, por observar y estudiar lo que se halla a nuestra vista, al alcance de nuestros sentidos y de nuestra experimentación.

Sobre todo en geografía, es decir, precisamente en el estudio de la naturaleza terrestre, conviene proceder por la vista, por la observación directa de esta Tierra que nos ha hecho nacer y que nos da el pan que nos alimenta; pero la enseñanza de la geografía, como viene continuándose aún en nuestras escuelas, lleva la marca de los campos escolásticos: el profesor pide al alumno un acto de fe, pronunciando además en términos cuyo sentido no domina: recitar de corrido los nombres de los cinco ríos de Francia, de tres cabos, de dos golfos y de un estrecho, sin referir esos nombres a ninguna realidad precisa. ¿Cómo podría hacerlo, si el maestro jamás le presenta ninguna de las cosas de que habla y que se hallan, no obstante, en la misma calle, ante la puerta de la escuela, en los arroyos y charcos de agua que forman las lluvias?

¡Volvamos, pues, a la naturaleza!

Si tuviese la dicha de ser profesor de geografía para niños, sin verme encerrado en un establecimiento oficial o particular, me guardaría bien de comenzar por poner libros y mapas en manos de mis infantiles compañeros, quizás ni pronunciaría ante ellos la palabra griega “geografía”, pero sí les invitaría a largos paseos comunes, feliz de aprender en su compañía.

Siendo profesor, pero profesor, sin título, cuidaría mucho de proceder con método en esos paseos y en las conversaciones suscitadas por la vista de los objetos y de los paisajes. Es evidente que el primer estudio debe variar en sus detalles según comarca que se habite: nuestras pláticas no tendrían el mismo aspecto en un país llano que en otro montañoso, en las regiones graníticas que en las calcáreas, en una playa o a la orilla de un río que en un páramo: en Bélgica no hablaría lo mismo que los Pirineos o en los Alpes. Nuestro lenguaje en ninguna parte sería absolutamente idéntico, porque en todas hay rasgos particulares e individualidades que señalar, observaciones preciosas que recoger que nos servirían de elementos de comparación en otros distritos.

Por monótono y pobre que fuese nuestro punto de residencia, no faltaría la posibilidad de ver, si no montañas o colinas, al menos algunas rocas que rasgaran las vestiduras de las tierras más recientemente depositadas: por todas partes observaríamos cierta diversidad de terrenos, arenas, arcillas, pantanos y turba; probablemente también areniscas y calcáreas; podríamos seguir el margen de un arroyo de un río ver una corriente que se pierde, un remolino que se desarrolla, un reflejo que devuelve las aguas, el juego de las arrugas que se forma en la arena, la marcha de las erosiones que despojan parte de una ribera y de los aluviones que se depositan sobre los bajíos. Si nuestra comarca fuese tan poco favorecida por la naturaleza que careciese de arroyo en nuestras inmediaciones, a lo menos habría alguna vez aguaceros que nos suministrarían arroyos temporales con sus cauces, acantilados rápidos, contenciones, compuertas, circuitos revueltos y confluentes; en fin la variedad infinita de fenómenos hidrológicos […]

[…] A estos paseos alrededor de nuestra residencia habitual, las circunstancias de la vida podrían añadir largas excursiones, verdaderos viajes, dirigidos con método, porque no se trata de correr al azar, como aquellos americanos que dan su “vuelta al Mundo Antiguo”, y que suelen hacerse más ignorantes a fuerza de amontonar desordenadamente lugares y personas en sus cerebros, confundiéndose todo en sus recuerdos: los bailes de París, la revista de la guardia de Potsdam, las visitas al Papa y al sultán, la subida a las pirámides y la adoración al Santo Sepulcro.

Tales viajes son de lo más funesto que pueda imaginarse, porque matan la potencia de la admiración que ha de crecer en el individuo al mismo tiempo que su conocimiento, y acaban por estragarle de modo que llega a despreciar toda belleza. Recuerdo, a propósito, la sensación de horror que experimente oyendo a un joven guapo, muy instruido, muy desdeñoso, y tan tonto como sabio, decir perezosamente acerca del Mont Blanc: “¡Ah, sí; es necesario que yo vea esa camama!”.

Para evitar semejantes aberraciones es importante proceder a las excursiones y a los viajes con el mismo cuidado del método que en el estudio ordinario para la enseñanza, pero es precio evitar también todo pedantismo en la dirección de los viajes, porque ante todo el niño ha de encontrar en ellos su alegría: el estudio debe presentarse únicamente en el momento psicológico, en el preciso instante en el que la vista y la descripción entren de lleno en el cerebro para grabarse él para siempre. Preparado de ese modo, el niño se encuentra ya muy adelantado, aunque no haya seguido lo que se llama un curso: el entendimiento se halla abierto y tiene deseo de saber.

La enseñanza de la geografía, Francesc Ferrer i Guàrdia. Boletín, año II, nº6.

Figura 3. Élisée Reclus.

Élisée Reclus

Fuente: Nadar – NYPL, also Gallica

El anarquista, Élisée Reclus, leyó el artículo y contestó rápidamente a Guardia. Le dio la razón a todo lo expuesto en el texto, alentando a dejar el aula  y a salir al campo, dejando a un lado la geografía de los mapas y los globos terráqueos. Señaló que la geografía descriptiva resultaba una tarea complicada para el naciente cerebro de un niño, pues no era capaz de asumir tal ingente cantidad de información, debiendo ser sustituida por el juego y las excursiones en la naturaleza.

Posteriormente, Ferrer i Guàrdia le solicitó por carta que le recomendase manuales de geografía, a lo que Reclús contestó diciendo que no era necesario el uso de manuales en la etapa de la enseñanza infantil y que los existentes estaban “impregnados de veneno religioso, patriotismo y de rutina administrativa”.

Las ideas de Ferrer i Guàrdia siguen más vivas que nunca. Reivindicamos todos los valores promulgados por la Escuela Moderna y las bases pedagógicas dentro de la enseñanza geográfica, basada en dos puntos clave: la práctica de la observación y el contacto del niño con la naturaleza.

¡Viva la Escuela Moderna!

Imagen de portada: Aula de la Escuela Moderna. FUNDACIÓ FERRER I GUARDIA

Fuentes:

Ferrer i Guàrdia, F (1901):  “La Escuela Moderna”, Editada por LaMalatesta Editorial, Madrid, 2013, págs. 105- 109.

http://www.ferrerguardia.org/

2 de comentarios

Deja un comentario. El diccionario no tiene culpa de nada.

Síguenos

Recibe cada nuevo artículo en tu bandeja de entrada.

Únete a otros seguidores: