Medio ambiente

Explicando la destrucción de la capa de ozono

Hace aproximadamente un mes que iniciamos una serie de artículos que trataban los problemas ambientales más importantes que hoy en día atañen al planeta. En el anterior hablamos sobre el cambio climático, en esta ocasión lo haremos sobre la destrucción de la capa de ozono.

El ozono

El ozono que nos protege de las radiaciones solares no es más que una molécula de Oxígeno que, en vez de tener tan sólo dos átomos -como el que respiramos-, está compuesta por tres. Sobre esta molécula incide la radiación ultravioleta, rompiéndola y dividiéndola en una de O2 normal y un O libre, que se junta inmediatamente de nuevo para volver a formar ozono. De esta forma se absorbe gran parte de la radiación perniciosa que podría llegar a perjudicarnos.

Este gas “tan bueno” se encuentra en la estratosfera. Sin embargo, también lo podemos encontrar en la superficie, pero aquí abajo, el ozono se comporta como un contaminante secundario –se produce por la interacción de otros contaminantes-. Genera sequedad,  picor en la garganta o dolores de cabeza en las personas y disminuye o perjudica el crecimiento de las plantas.

La capa y el problema

Por lo anteriormente explicado, está claro que el ozono que vamos a analizar en esta ocasión es el estratosférico –el que se sitúa en la estratosfera, una de las capas más bajas de la atmósfera- , el que nos resguarda y el que estamos destruyendo. Parece irónico, pero sí, acabamos con el que nos protege y favorecemos al que nos perjudica.

A una altura de entre 15 y 50 km se localiza la capa de ozono, una región de la atmósfera donde la concentración de este gas es mayor de lo normal. Sin embargo, a esa gran altura, también llegan los responsables de la rotura de la molécula de ozono, los conocidos CFC (Clorofluorocarbonos). Cuando inciden sobre estos los rayos ultravioleta rompen estas moléculas creando una serie de radicales de Cloro que se unen al ozono, generando oxígeno (de dos átomos) y monóxido de cloro (ClO).

Este proceso se da, principalmente, sobre el Polo Sur debido al vórtice que se genera en este lugar por el “torbellino polar”. En este punto del planeta –también en el Polo Norte, aunque con menor virulencia-, se concentran durante el invierno los gases que van rompiendo el ozono. Al comienzo de la primavera austral, cuando llegan los rayos del sol, la concentración de este gas se ha reducido mucho, por lo que se deja vía libre a la entrada de cualquier radiación sin ningún filtro. Por suerte o por desgracia, probablemente por lo primero, en la Antártida vive poca gente, sin embargo animales y personas que viven en estados o islas cercanas –Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda,…- son lo que sufren los efectos en cierta medida.

Los efectos

Así, los rayos ultravioleta llegan a la superficie de la Tierra sin reducción alguna o con una muy escasa.

Estas radiaciones tienen alta energía y provocan que se altere el ADN, pudiendo llegar a producir cánceres de piel. Se cree que una reducción del 1% de la capa de ozono podría suponer un incremento en estas enfermedades de hasta el 6%. Asimismo, atacan al sistema inmune propiciando la acción de virus o bacterias y provocan cataratas.

Pero esta mayor concentración ultravioleta también afecta a otros seres como los animales, suponiéndoles perjuicios similares a los humanos y a las plantas, destruyéndolas o enfermándolas en algunos casos y  reduciendo las cosechas.

¿Y qué se está haciendo?

En 1987 se firmó el Protocolo de Montreal por el que se prohibieron los CFC. Según éste, en 1999 se debería haber reducido su uso en un 50% y su eliminación total estaría prevista para el año 2000, aunque, posteriormente, se adelantó a 1996. Tan sólo se permitió que se continuaran usando algunos en acciones sumamente concretas.

Los CFC se sustituyeron por HCFC, es decir, se le añadió hidrógeno para formar Hidrofluorocarbonos, que tienen la virtud de no atacar a la capa de ozono, por lo que este problema se evita pero, sin embargo, provocan un incremento en el efecto invernadero y, por tanto, favorecen el cambio climático.

Aun con estos problemas, parece que la acción internacional está dando sus frutos y el agujero de la capa de ozono sobre la Antártida está cerrándose, aunque los datos estadísticos que se han usado hasta ahora parece que no lo dejan del todo claro. El problema es que los CFC pueden llegar a una vida media de más de 100 años, por lo que para que se reduzca su concentración se necesita bastante tiempo. Se cree que habrá que esperar hasta 2050 para la recuperación total de esta capa protectora.

Fuente imagen destacada: ESA.

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